Es hora de acabar con la Inquisición

Narcotráfico, inseguridad y violencia son palabras de moda. Son ejes del cruce de chicanas entre gobierno y oposición, con los medios masivos y hasta el Episcopado opinando sin atinar a encarar el problema de fondo.

Más policías y más dureza en las leyes parece el espíritu de época que propagan los formadores de opinión del momento. Pero se dan movimientos que van a contracorriente. Un ejemplo de cómo se puede gestar un pensamiento y acción que contradiga el mandato dominante fue la masiva demostración de fuerza realizada el pasado 3 de mayo por el movimiento cannábico argentino.

Ese día se produjo a nivel mundial una movilización reivindicando el derecho a fumar marihuana. Una protesta que se extendió por todo el planeta y que incluyó propuestas para sacar del ámbito penal la cuestión de las drogas. En nuestro país la Marcha Mundial por la Marihuana fue impactante. Un verdadero hecho político ninguneado por la prensa corporativa y por el establishment político.

La marcha se realiza desde 1999 sumando cada vez más gente. Este año, respecto al anterior, casi se duplicó la cantidad de manifestantes. Las consignas se resumen en seis puntos:

-No más presos por cultivar, por el inmediato fin de los allanamientos, detenciones y procesos penales a cultivadores de cannabis;

-Por la regulación de los Clubes Sociales de Cannabis para el acceso al cannabis y sus semillas;

-Por el urgente cese de las detenciones y procesos penales a los usuarios por la simple tenencia de sustancias psicoactivas prohibidas;

-Por la autorización estatal de los usos medicinales e industriales del cannabis y su investigación científica;

-Por la aprobación de una ley de atención pública, universal y gratuita de los problemas de salud asociados al uso de sustancias;

-Por la urgente modificación de la ley de drogas

No hay otra manifestación popular parecida: existe una esforzada minoría militante que convoca y miles de cultivadores y usuarios anónimos que se suman. En la Ciudad de Buenos Aires una marea humana pobló primero la Plaza de Mayo para luego desfilar interminablemente por la Avenida de Mayo hasta colmar la Plaza de los Dos Congresos.

La cifra calculada por los organizadores fue de 150 mil personas en la capital del país, 15 mil en Córdoba, 10 mil en Rosario y 7 mil en Mendoza. Además de marchas en otras 20 ciudades que sumaron varios miles más. Una autoconvocatoria que se gesta boca a boca, en persona y en las redes sociales. Sin aparato ni micros ni propaganda en medios masivos ni en la vía pública.

En el precario escenario a espaldas del parlamento, hubo varios oradores. Sólo los que estaban adelantes escucharon los discursos, la multitud era demasiado grande y el sonido limitado. “Hoy hay marchas en todas partes pero la más grande es la que estamos haciendo en Argentina, somos el país más fumón del mundo”, agitó uno de los más lúcidos y carismáticos referentes del movimiento cannábico, Matías Faray.

Hizo una fuerte apelación a los diputados y senadores para que se termine con la persecución que sufren los usuarios y cultivadores. Además realizó su llamado libertario al autocultivo. Idéntico reclamo que había hecho hace 3 años en esa misma plaza y por el que luego fue detenido por la policía bonaerense, paradójicamente, por llamar a combatir desde lo personal al narcotráfico plantando lo que se consume.

Pese a algunas notas realizadas en importantes medios nacionales, la reivindicación no logró colarse en la agenda mediática. Tampoco los principales candidatos presidenciales o los gobernantes optaron por pronunciarse sobre el tema. Sí lo hace el retrógrado  Eduardo Feinmann haciendo un show sobre el “charuto”.

Cuando se habla de legalización de la marihuana suele primar la banalidad.  Mientras, las malditas policías provinciales y federales sigan utilizando la caduca Ley de Drogas 23747 para regular el negocio que no para de expandirse. Una normativa que permite a las fuerzas de la ley extorsionar y brutalizar a meros consumidores de alguna sustancia prohibida. Sobre todo si son jóvenes y pobres.

La simbiosis de los uniformados con el crimen organizado, mayormente la de los altos mandos, es una realidad que ningún actor político serio pueda soslayar. A estas mismas policías se las empodera con la posibilidad que las da la ley de meterse con los perejiles. O sea, con los que sólo consumen, transportan o venden en pequeñas cantidades. Y nunca caen los grandes traficantes ni los lavadores de dinero. Así, el dinero negro de la droga ingresa en el sistema formal y legal.

La prohibición de la marihuana es una de las brutalidades más absurdas que sufre nuestra sociedad. Un legado que nos dejó la Santa Inquisición y su caza de brujas reeditada en la política de “guerra contra las drogas” iniciada por Richard Nixon en Estados Unidos en los ´60. Y fiel a esos mandatos, el Estado argentino prohíbe una planta cuya producción es imposible de frenar.

La maquinaria se cobra víctimas de nombre y apellido: Fernando Colombi, lleva un año y algunos meses privado de su libertad por tener ocho plantas de marihuana. Gusta Panuele está preso hace 11 meses en el penal de Marcos Paz por seis plantas. Así  la recordó la revista de cultura cannábica THC que en su última edición, previa a la marcha, destacó un dato: según la Procuraduría de Narcocriminalidad, en Argentina se criminalizan 9414 usuarios de drogas por año. Es decir, más de uno por hora.

Cada vez más personas alrededor del mundo salen del clóset y asumen que fuman marihuana, algo mucho menos dañino que el alcohol, los ansiolíticos o la nicotina. Y no sólo que es menos nocivo, sino que sus usos medicinales e industriales apenas se empiezan a conocer y son muy prometedores.

La discusión mundial avanza a pasos acelerados. La experiencia acumulada en Holanda y Portugal, los experimentos de Colorado y Washington (en Estados Unidos) y el más reciente de Uruguay, dan una luz de esperanza a que se pueda acabar con el prohibicionismo que tanto daño ha causado al Estado mismo como a miles, millones, de sujetos. Mucho más daño que la sustancia misma.

Ante la indiferencia de los formadores de opinión y dirigentes políticos de todos los colores hay un dato relevante: en las recientes movilizaciones realizadas en Argentina se vieron banderas y militantes de organizaciones sociales y políticas. Es un indicio de que el movimiento se está politizando. En Buenos Aires, estuvo la Agrupación de Putos Peronistas, la Juventud del Partido de los Trabajadores por el Socialismo, Izquierda Socialista y el Frente Popular Darío Santillán, que también marchó en Rosario y en Neuquén.

En un comunicado que difundió el FPDS, de amplia inserción en barrios humildes de todo el país, se señalaron dos puntos clave para entender el problema y abordarlo con seriedad. En primer lugar, contextualizan la discusión: “Las profundas desigualdades sociales que persisten, y las deficiencias en alimentación, educación y salud que sufren grandes franjas de la población, hacen que el drama de las adicciones -que afecta a todas las clases sociales- cause estragos en los sectores populares, y especialmente entre los más jóvenes”.

También puntualizan la cuestión policial: “Las fuerzas policiales federales y provinciales hacen caja con la prohibición de las drogas, cobrando coimas y trabajando en conjunto con las bandas de traficantes, que en muchas barriadas humildes ya se están disputando los puntos de venta a los tiros. En la ciudad de Rosario, sicarios de barrabravas narcopoliciales asesinaron a nuestros jóvenes compañeros Jeremías “Jere” Trasante, Claudio “Mono” Suárez y Adrián “Patón” Rodríguez, en el barrio Moreno, y a César Oviedo, en Vía Honda”.

Los militantes sociales del Frente Popular Darío Santillán le ponen palabras a lo que todos saben pero pocos dicen: “En todos los barrios constatamos como los patrulleros pueden verse a menudo estacionados en las casas de los narcos: sabemos que están arreglados, que son parte de un sistema corrupto. La prohibición de algunas drogas no es sino otra excusa más para sostener este orden de cosas”.

El Episcopado es uno de los sectores que más activan en contra de la normalización de la marihuana. Uno de los más destacados voceros, organizadores y pensadores del movimiento cannábico argentino, Sebastián Basalo, director de la THC, considera que uno de los principales límites para avanzar rumbo al cese del prohibicionismo es “la férrea oposición de la Iglesia Católica a cualquier reforma humana y racional de las políticas de drogas”.

“Esta postura cobra un fuerte peso en un estado católico como Argentina y más aún desde la asunción como Papa de Jorge Bergoglio, tenaz defensor de la criminalización de los usuarios de drogas y de la persecución militar del comercio de las mismas”, agrega.

¿Cómo pudo ser posible en el vecino país?, nos preguntamos. “Precisamente en la matriz laica del estado uruguayo radicó la posibilidad de llevar adelante una regulación total del mercado de la marihuana, en cuya discusión no tuvieron ni la más mínima participación las instituciones religiosas”, responde Basalo.

Pese a la terquedad reaccionaria del Vaticano, a lo poco valientes que son las fuerzas políticas dominantes y a que los medios concentrados de comunicación siguen machacando con la ignorancia, el planteo de cesar inmediatamente con la barbarie de llevar preso a alguien que está fumando o cultivando una planta empieza a ganar terreno. Es hora de escuchar el clamor que viene desde abajo.

(*) Periodista

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