Contra el estrés salvaje

Lejos del primer concepto, de la primera idea que asociamos al término estrés, éste significa acento y es imprescindible para nuestra vida. ¿Por qué entonces nos preocupa tanto? Lo que padecemos como sociedad es distress, un estrés negativo que nos enferma psíquica y físicamente.

Son las imágenes que actualmente dominan nuestra vida, nos inundan de temor, muerte, inseguridad, guerra y conflictos de todo tipo. Las redes sociales pareciera que sólo hablan de lo mismo en este momento.

Las ventajas de los avances tecnológicos cada día más veloces que se nos presentan conllevan una exigencia cada vez mayor. Debemos trabajar – cuando tenemos la dicha de hacerlo – ser jóvenes, exitosos, delgados, estar  al día con los adelantos, cuidar el medio ambiente, separar los residuos y atender en el teléfono las llamadas, mensajes, redes sociales, etc. Sin embargo, estamos cada día más ocupados como para poder cumplir con los mandatos sociales.

El cuerpo, nuestro envase, se deteriora cada vez más rápido como consecuencia del distress. La mente enferma al cuerpo que enferma a la mente y así continúa este círculo vicioso.

Es muy difícil hacer oídos sordos a lo que pasa a nuestro alrededor. Encender la TV y toparse constantemente con la muerte como moneda corriente. Rodeándonos. Ya sea en la guerra de otros países, en la locura e inseguridad. Esto provoca una sensación de finitud casi diaria que resulta bastante trabajoso  ignorar.

El psicoanálisis, mi práctica diaria, así como otro tipo de terapias, intenta que podamos atravesar los avatares cotidianos con más fuerza y más seguridad. Intentamos no encontrarnos con nuestro día de furia y evitar que el del otro nos perjudique.

Un docente abusador, un periodista decapitado, un coche incendiado, una joven violada, un avión derribado, un joven muerto por coma alcohólico, un accidente de tránsito con víctimas fatales. La catarata de noticias desgarradoras es permanente y, a pesar de eso, uno intenta no naturalizar aquellas situaciones que son denigrantes por más que sean reiteradas.

Mientras que las oportunidades crecen para algunos, la desigualdad y la falta de oportunidades se amplía para muchos otros y la brecha se polariza cada vez más.

Pensemos que la angustia es el único sentimiento que no miente y entendamos que es una voz de alerta. Y así como la fiebre no es una enfermedad sino un signo, percibamos que la angustia también lo es.

Una gran parte del mundo sufre de estrés laboral por exigencias que no siempre se pueden cumplir. Lo económico, las presiones de tipo profesional, el éxito y la derrota. Como el dicho que anuncia que mientras uno trabaja para ganarse la vida, la pierde en el afán desmedido de trabajar.

Otra parte del mundo sufre el estrés del que no tiene trabajo. Aquellos que sienten vapuleada su dignidad al no tener la oportunidad de ganarse la vida. De demostrar sus capacidades.

El límite, entonces, es de cada uno de nosotros. Debemos aprender a ponerlo, a sentirnos bien con nuestros pequeños logros, a bajar ese ideal imposible al que seguramente no podremos llegar y que nos enfrenta a una frustración anunciada.

Vivir, disfrutar, intentar, sonreír, compartir, amar. No es sencillo, no hay recetas para lograrlo, es absolutamente personal conseguirlo y es saludable. Además, es lo único que podemos hacer para manejar el estrés.

Somos seres culturales, la palabra nos atraviesa, y es totalmente liberadora.

(*) Psicoanalista.

 

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