El movimiento de las estatuas

En los últimos meses, los planes de restauración y mudanza de la centenaria estatua de Cristóbal Colón, ubicada hasta ahora en el predio trasero de la Casa Rosada, de cara al Río de la Plata, suscitaron una errática polémica.

La misma tiene por fondo la ríspida relación entre el gobierno nacional y el municipal, pero convocó también las intervenciones de un conjunto heterogéneo de actores de la sociedad civil, como la prensa periódica, intelectuales y académicos, asociaciones protectoras del patrimonio histórico y monumental y organizaciones identitarias de distintas colectividades.

La discusión sobre el destino de la estatua de Colón, y su reemplazo por una de Juana Azurduy, se da en un contexto quizás más amplio, en el que fue puesta en debate también la situación de otros monumentos, como el de Julio Argentino Roca y el de Bartolomé Mitre. ¿Qué hace de una estatua el motivo de un conflicto? ¿Cómo es que estas obras de arte público pueden despertar adhesiones y reprobaciones?

En el film La mirada de Ulises (1995), la obra maestra del griego Theo Angelopoulos, hay una escena conmovedora en la que una enorme estatua de Lenin yace recostada en una embarcación que atraviesa lentamente el Danubio, mientras desde la orilla unos niños siguen su recorrido y se santiguan a su paso. La estatua desmantelada se encamina hacia Alemania, donde será vendida como pieza de colección. Se trata de una representación notable del cambio de época que significó en Europa oriental la desintegración de la Unión Soviética, del final de un siglo y de un mundo.

El viaje de la estatua de Lenin nos recuerda el poder evocativo de algunos de estos símbolos. Los  monumentos son parte de disputas ideológicas, políticas y culturales que suponen lecturas distintas sobre la historia y el pasado. Y éstas implican a la vez conflictos políticos y sociales del presente. Son de hecho estos últimos los que dotan de sentido e intensidad a los combates que se libran en torno a las interpretaciones de la historia, y que involucran a grupos diversos, comprometidos en esas luchas, y no sólo a los historiadores o a los eruditos.

Desde las últimas décadas del siglo XIX, los Estados-Nación son uno de los escenarios principales de esas disputas a la vez que se constituyen como actores privilegiados en ellas. A través de instituciones como la escuela y el ejército, de la consagración de rituales, fiestas y símbolos, y de la elaboración de historias patrias, los Estados han sido agentes fundamentales en la construcción de las identidades nacionales. Los monumentos son una pieza importante de ese despliegue. Con ellos, los Estados materializan una imagen de la Nación, representando a sus héroes o personificando valores e ideales que imaginan como propios.

Hacia 1900, eran todavía pocos los monumentos públicos que en la Argentina celebraban el nuevo culto a la patria que por esos años comenzaba a institucionalizarse. La Pirámide de Mayo, inaugurada en mayo de 1811 para celebrar el aniversario de la Revolución, situada hoy en la plaza homónima, fue una temprana expresión de este tipo. La estatua ecuestre que el escultor francés Daumas dedicó a San Martín databa de 1862, y la de Belgrano, ubicada en la Plaza de Mayo, de 1873. En 1882 se había instalado en la Plaza Libertad el monumento a Adolfo Alsina, el líder del autonomismo porteño muerto hacía cinco años, y en 1887 el monumento a Juan Lavalle. Diez años más tarde se erigió la estatua dedicada a Falucho, aquel soldado negro de la independencia cuya historia había recogido Bartolomé Mitre, quien pretendió elaborar una historia nacional que sirviera a los fines de una nueva educación cívica y patriótica.

Sin embargo, en las primeras décadas del siglo XX, la cantidad de estatuas y monumentos aumentó significativamente, en el contexto de los preparativos para la celebración del primer centenario de la independencia, que incluyeron una gran reforma de la ciudad de Buenos Aires. El Centenario fue un momento de balance. Allí, una Argentina radicalmente transformada por el proceso modernizador, y atravesada en consecuencia por nuevos conflictos sociales y políticos, revisó los fundamentos de su historia y de su identidad. En esos años, la erección de monumentos conmemorativos formó parte de una importante polémica estética, ideológica y política, donde se jugaban las posibles ideas de la nación y distintas lecturas del pasado nacional.

El 25 de mayo de 1900, por ejemplo, se inauguró la estatua de Sarmiento realizada por el prestigioso artista francés Auguste Rodin con una notable repercusión en la opinión pública. Se la ubicó sobre el terreno que poco tiempo antes ocupaba la residencia de Rosas. Pero no fue la naturaleza de ese gesto político lo que provocó discusiones, sino la misma calidad estética de la estatua, cuestionada por quienes preferían un Sarmiento más parecido a sus imágenes clásicas,  que pudiera cumplir así la función pedagógica atribuida a estos monumentos.

Miguel Cané, quien había encargado a Rodin la obra, le escribió al escultor: “No querría ocultar mi desagrado, cuando al abrir la caja vi que no había agregado ni cambiado nada de la figura de Sarmiento. Usted sabe que pasé dos años suplicándole que le diera a sus rasgos y cabeza mayor parecido con el original […] El resultado es este: en vez de ser aclamada por el público, porque su obra es muy bella, a todos desconcierta la figura simiesca de Sarmiento, su frente achatada, sus pequeños ojos”.

En efecto, desde la perspectiva de la época, los monumentos debían cumplir una función en el nuevo culto cívico a la patria. Eso fue lo que señaló el escritor Ricardo Rojas en su libro La Restauración Nacionalista (1909), al señalar la importancia de una “pedagogía de las estatuas”. Rojas criticaba la ausencia de una política adecuada para los monumentos. Ese “ministerio laico que es la religión de los héroes”, aseguraba, era en verdad importante, pues “una estatua que se alza tiene todos los caracteres de una resurrección; y no resucitan sino los dioses”. Y en seguida lanzaba su crítica: “El estado argentino, no obstante, consintió que sus estatuas fueran el arma de una pasión sectaria, o el testimonio de un duelo efímero, o lo que es peor, la prolongación de nacionalidades extranjeras […]”.

Rojas se refería especialmente a las estatuas de los italianos Mazzini y Garibaldi, en un contexto en el que la presencia transformadora de los inmigrantes europeos se había convertido en una preocupación amenazante para las elites. Durante los festejos del Centenario, esas elites políticas, económicas y culturales, se celebraron a sí mismas y al futuro del joven país que imaginaban por entonces como promisorio. En esas jornadas, que gozaron por cierto de una importante participación popular, estuvieron presentes delegaciones de distintos países, entre las que se destacó la de España, con la Infanta Isabel de Borbón. Las colectividades extranjeras, y algunos de estos países invitados a la celebración, obsequiaron monumentos: la Torre de los Ingleses, el monumento a La Riqueza Agropecuaria Argentina, de la colectividad alemana, el Monumento a la Carta Magna, conocido como el monumento de los españoles, una escultura donada por Francia, y un George Washington, por los Estados Unidos. La colectividad italiana, por su parte, donó la estatua de Cristóbal Colón.

Con el aporte de uno de los líderes de esa colectividad, el empresario Antonio Devoto, la obra se encargó al escultor Arnoldo Zocchi, y en mayo de 1910 se colocó la piedra fundamental del monumento. Esculpida en mármol de carrara, la estatua finalizada se montó en su emplazamiento once años más tarde, en 1921.

Mientras los principales monumentos de estas colectividades formaban un recorrido por el norte de la ciudad, los barrios del sur concentraron la mayor cantidad de estatuas de inspiración patriótica dedicadas a los próceres argentinos. El sur estaba habitado por los trabajadores pobres de la ciudad, inmigrantes en su mayoría, y los principales destinatarios por lo tanto de las iniciativas nacionalizadoras del gobierno.

Como revela el ejemplo del Centenario, el emplazamiento de estatuas y las intervenciones sobre la toponimia urbana forman parte de debates ideológicos y culturales más amplios en los que participan tanto el Estado como otros actores de la sociedad. Las polémicas que despertaron los episodios recientes sobre este terreno no suponen por lo tanto una novedad. Estas se corresponden además con otras iniciativas en el terreno simbólico del gobierno nacional, donde se propone la reivindicación o cuestionamiento de ciertas imágenes y tradiciones. No se trata de juzgar la corrección de estas propuestas, sino de comprenderlas como expresión de un momento de cambios, en el que los conflictos sociales y políticos de la hora se proyectan hacia el pasado y sus símbolos, recordándonos a la vez, como aquella imagen de Lenin acostado, que también las estatuas pueden tener movimiento.

(*) Historiador Conicet/UBA/UdeSA.

 

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