El negocio millonario del narcotráfico y el rol de nuestro país

Ningún negocio ha crecido tanto como el narcotráfico en la provincia de Santa Fe: los datos oficiales de la policía dicen que hasta 1988 la cocaína incautada era de 200 gramos por año desde 1973. En 2012 fueron 400 kilogramos. Dos mil veces aumentó la circulación en menos de un cuarto de siglo. Ninguna otra actividad económica tuvo semejante desarrollo. Ni la soja.

Pero la cocaína no brota de la tierra santafesina, como sí lo hace la soja. De acuerdo al último informe de las Naciones Unidas sobre la situación mundial de las drogas, publicado el 27 de junio de 2013, la Argentina es el principal consumidor de cocaína del continente y el tercer exportador hacia Europa.

Por otro lado, el documento de la Auditoría General de la Nación sobre los puertos de San Lorenzo, Buenos Aires y Campana, sostiene que no hay controles que funcionen bien: una clara oferta para la introducción de cualquier tipo de sustancias.

Consecuencias que también pueden medirse en términos económicos, con sus costos. Por  ejemplo, el costo total atribuible al “abuso de drogas en la Argentina para el año 2008, fue estimado en 14.149 millones de pesos argentinos (4.477,50 MU$S), lo que corresponde a cerca de 390 pesos argentinos per cápita (U$S 123). La magnitud relativa del problema, representa un 3,69% del producto bruto interno. De este costo anual, corresponde al tabaco el 38,7%, al alcohol 37,3% y a las drogas ilegales el 24%”, detalló el último documento publicado por el Obsevatorio Argentino de Drogas. Es de 2008 y no hay ninguna actualización.

La Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico informó en mayo de 1999 que alrededor de 600 mil personas mayores de 16 años consumen drogas en la Argentina. La cifra posiblemente se haya duplicado o triplicado en la historia de los últimos quince años.

La Argentina se ha convertido en un país narco: fronteras porosas, altísimo consumo y exportador, especialmente, hacia Europa. El narcotráfico es el actual ciclo del dinero fresco ilegal del capitalismo.

La otra cara del negocio

Hay 30 mil detenidos en las cárceles de la provincia de Buenos Aires, el primer estado de la República Argentina, y la mayoría de ellos son pibes y pibas menores de veinticinco años. Para la Comisión de la Memoria bonaerense, las fuerzas de seguridad esclavizan a muchos de ellos y les dicen que si no venden drogas o roban les va a pasar lo mismo que a Luciano Arruga. Los terminarán matando. En la provincia de Santa Fe, mientras tanto, en los últimos dos años se detuvieron a 120 chicos de entre 16 y 18 años relacionados al negocio de la venta de estupefacientes. Mientras que no hay ni media docena de grandes empresarios detenidos que fueran identificados como inversores en la importación de cocaína.

En Córdoba, el 6 de setiembre se cumplirán 22 años del asesinato del ex senador provincial, Regino Madres, que denunció, allá por 1991, que la droga era repartida en las camionetas de la empresa provincial de Energía con absoluto conocimiento del poder político de aquel entonces. Postales que hablan a las claras de la continuidad del negocio narco en las principales provincias argentinas y de su principal consecuencia: la sangre joven derramada en las calles de los barrios de las grandes ciudades.

Por eso es necesario repasar una tentativa de historia política del narcotráfico en estos arrabales del mundo. Porque el narcotráfico no es un fenómeno delictivo aislado, se trata del circuito de dinero fresco que tiene el sistema capitalista. Enfrentar al narcotráfico es enfrentar al capitalismo.O por lo menos reducir su ferocidad. Y comprender las decisiones tomadas por el imperio a partir de los años setenta.

La presidencia de Richard Nixon decidió crear el Departamento Antinarcóticos del Estado norteamericano el primero de julio de 1973. Durante los años sesenta, el gobierno estadounidense impulsó, en primera instancia, el consumo de cocaína con la idea de alentar el heroísmo para ir a Vietnam; luego, a medida que avanzaba la guerra y las derrotas, la administración estatal generó la difusión de la marihuana para apaciguar los ánimos. A fines de los años setenta, Estados Unidos tenía 36 millones de consumidores y el mercado era manejado por los carteles colombianos: los Rodríguez Orejuela, de Cali, y Pablo Escobar Gaviria, de Medellín.

A finales de los ochenta, la DEA, junto al Comando Sur del Ejército imperial, promovieron la ofensiva final contra esos carteles. El grueso del dinero de los consumidores norteamericanos y del derivado de la exportación hacia Europa debía pasar por la dirección inventada por Nixon. Fue el momento de buscar una ruta alternativa, una plataforma de exportación distinta que llevara la cocaína y otras sustancias hacia Europa.

Surgió la geografía del segundo productor de éter a nivel mundial, este elemento químico que transforma la hoja de coca en cocaína, y ese país es la Argentina. Eran los primeros tiempos del menemismo. Se democratizó el consumo y comenzaron las exportaciones hacia el viejo continente. De ésto dan cuenta diferentes expedientes judiciales en los tribunales federales rosarinos, en particular, y de cualquier otro punto del país, en general.

Un doble negocio para el capitalismo y para Estados Unidos: millones de dólares y miles de pibas y pibes controlados químicamente para que dejen de surgir revolucionarios y, en todo caso, que crezca el delito pero nunca más el pensamiento crítico y la urgencia de cambiar la realidad. Vale más un delincuente que un revolucionario. Doble negocio: económico y político.

En forma paralela, el país de los años setenta, aquel contexto del nacimiento de la DEA, era un espacio donde todavía eran posibles ciudades obreras, ferroviarias, portuarias e industriales como se daba en el Gran Buenos Aires, Rosario y Córdoba. A mediados de los años noventa ya no quedaba casi nada de aquello.

Las llamadas reconversiones industriales fueron saqueos de las identidades barriales. El rubro servicio reemplazó al industrial y miles de chicas y chicos se quedaron sin empleo y, por lo tanto, sin futuro. Los grandes partidos políticos miraron para otro lado. Se acomodaron a la ola de destrucción de las ciudades obreras, industriales, portuarias y ferroviarias.

Las jóvenes empezaron a sentir que valían menos que los demás y que, para colmo, cada vez tenían menos palabras para decir lo que querían y expresar por qué no querían otro tipo de cosas. A cuarenta años de aquella decisión del imperio, el capitalismo hace negocios sobre la sangre derramada de nuestros pibes. Aunque ahora muestren la detención del “Chapo” Guzmán, capo del Cártel de Sinaloa, como un gran logro. Es hora de darse cuenta.

(*) Periodista y escritor. Autor de varios libros de investigación – delfradecarlos@gmail.com

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