Editorial – Elijamos volver a creer

Y finalmente llegó el año nuevo. Se lo esperaba tanto como a un camión de bomberos que se divisa a lo lejos y lleva consigo las herramientas necesarias para apagar el incendio y apaciguar la emergencia. La comparación no es antojadiza. El país pareció prenderse fuego las últimas semanas de diciembre entre los saqueos, los cortes de luz y agua y las temperaturas altísimas.

Los políticos que meses atrás intentaban cautivar al electorado para que los acompañe en su “proyecto” y los apoye en las urnas brillaron por su ausencia ante los múltiples cortes de energía. El sector oficialista tuvo a Jorge Capitanich, jefe de Gabinete, y a Julio De Vido, ministro de Planificación, como caras visibles. Aunque ninguno de los dos ofreció alguna solución y ambos se dedicaron a patearle la pelota a las empresas energéticas sin asumir un mea culpa. Cristina Kirchner, devota de opiniones grandilocuentes, sigue de vacaciones en El Calafate hasta el 6 de enero y se llamó a silencio. Entre los referentes de la oposición tampoco hubo una postura distinta. El ejemplo lo marcó Mauricio Macri que estaba fuera de la ciudad, y de vacaciones, cuando la situación requería de su presencia.

El jefe de Gobierno porteño pareció concientizarse de la complejidad del asunto. Cortó su descanso y retomó a sus funciones el sábado 28. Sin embargo, y aunque parezca un chiste, el parate fue tan sólo de unas horas. Un touch and go. Llegó a la ciudad, declaró la emergencia energética, se mostró en una conferencia de prensa y partió nuevamente hacia el sur. La evidencia la obtuvo el fotógrafo de Télam Marcelo Martínez quien retrató la imagen del funcionario en el aeropuerto de Bariloche. Esta foto, a diferencia de otras, no le caía en gracia y el referente del PRO intentó, sin éxito, comprarle el material.

El filósofo político inglés Thommas Hobbes publicó en 1651 su obra llamada Leviatán. El autor consideró que “el hombre es un lobo para el hombre” y que en su afán de conseguir lo bueno para sí entra en conflicto con el otro, con el prójimo, derivando así en una “guerra de todos contra todos”.  Para subsanar esta situación natural postuló un pacto social. Más de un siglo más tarde, el también filósofo Jean – Jacques Rousseau publicó en 1972 su obra llamada “El contrato social” (su legado fue tan importante que sentó las bases para lo que años después, en 1789, sería la revolución francesa).

En los contratos o pactos sociales postulados por los pensadores, el pueblo cedía la representación a los funcionarios. También bregaban por la auto imposición de límites personales en aras de un bien común. Ambos elementos parecieron desaparecer en las últimas semanas. Ya sea en la calle, en el trabajo o en el trato con el vecino, la lógica que pareció imponerse fue la de sálvese quien pueda.

En ese contexto, y tal vez más que en ningún otro momento del año, los discursos y las creencias populares sobre las que se sostiene la sociedad parecieron tambalear. Así, se potenció una situación que no por ser moneda corriente debe naturalizarse. No es lógico ni debe aceptarse que el policía deje de cumplir sus funciones y libere zonas para demostrar su valía. Tampoco lo es que los conductores sigan su marcha cuando el semáforo se los impide, que los choferes de colectivos obvien las paradas en busca de acelerar su vuelta a casa o que la gente espere para cruzar en la calle, en lugar de hacerlo en la vereda, para ganar apenas unos segundos de tiempo. Si de incumplimiento se trata, las empresas llevan la delantera. Ya sea las que aumentan constantemente sus precios, sin por eso mejorar la calidad del servicio, como las que cobran poco a los usuarios pero se ven beneficiadas con millonarios subsidios por parte del Estado como ha sucedido con los servicios de transporte o de electricidad.

Juan Domingo Perón, tal vez sin la retórica de Hobbes pero con la misma prestancia, postuló que “el hombre es bueno, pero si se lo vigila es mejor”. Personalmente, considero que su premisa no debiera aplicarse a una caza de brujas, pero sí utilizarse para desarrollar una ciudadanía más activa y comprometida. No solamente honrar la democracia con el voto y luego delegar la tarea a terceros. Por el contrario, tratar de actuar cada vez mejor en lo que uno haga. Y controlar y denunciar en el órgano correspondiente a quien no lo haga.

Si el maestro prepara una buena clase, si el periodista trata de representar las situaciones con su mayor idoneidad, si el recolector de basura se esfuerza en lo que hace, si el conductor es tan responsable con su familia como lo es con la de otros, si el cocinero busca la receta que lo haga lucirse pero también cuida la higiene de sus utensilios, si el policía busca erigirse en el brazo armado de la Justicia, si los políticos honran sus puestos – y sueldos – con políticas públicas que mejoren la calidad de vida y si el empresario, además de intentar maximizar su ganancia, busca ofrecer un servicio de calidad, la que termina ganando es la sociedad. Ni él, ni vos, ni yo. Somos todos.

Ojalá que en este año nuevo que acaba de arrancar podamos ser los protagonistas de nuestra historia. Que bajemos los enojos, los egoísmos y la mirada a corto plazo. Que aceptemos la diversidad. Que dejemos de ver en el otro a un enemigo y nos demos cuenta que puede ser nuestro propio hermano. Sólo así, cediendo un poco de nuestra ambición, de quitarnos por unos instantes la mirada de nuestro ombligo, podremos mirar hacia adelante y hacia los costados para avanzar todos juntos en busca de una sociedad que articule todas nuestras bondades y pueda erigirse como un lugar hermoso para vivir.

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