Sara Rus: “La lucha continúa” – Parte 2

A pesar del horror, de la crudeza y de las múltiples injusticias que le tocó pasar, Sara Rus porta una sonrisa amplia, una memoria prodigiosa y una entereza envidiable que interpela de lleno a sus oyentes (o lectores) y a los supuestos problemas con los que éstos creían sentirse afectados. A pesar de todo lo vivido, o justamente por todo ello, su mensaje reboza optimismo e ilusión.Su grandeza se percibe, incluso, en sus aclaraciones. “Hubo muchas cosas que no conté porque no me gusta hacer sufrir a la gente que me escucha. Lo que sufrí lo tengo bien guardado dentro mío”, aclaró antes de continuar su relato.

La salida de Europa

“Nos fuimos de Polonia porque era país muy antisemita y cruzamos, otra vez, la frontera hacia Alemania que ya estaba bajo el dominio de Inglaterra, Estados Unidos, Francia y Rusia. Fuimos hacia el lado de los americanos donde había campos de refugiados preparados para la gente que sobrevivió en Alemania. Nos recibieron con los brazos abiertos y nos dieron un lugar donde podíamos estar con mi madre y mi esposo, supuestamente. Me pude casar en Alemania, en un pueblo que se llamaba Deggendorf. Fuimos a un registro civil e hicimos un casamiento de buena manera. Ya podía decir que era casada.

Pero la cosa por entonces era cómo salir.  Estábamos buscando oportunidades y también poder comunicarnos con un tío que teníamos en Argentina. Gracias a la Cruz Roja y al Joint que fuimos salvados y ayudados. El Joint nos hizo papeles americanos y viajamos a Francia porque ya nos habíamos podido comunicar con mi tío. En el 48 no se dejaba entrar a los judíos a la Argentina. Estaba prohibido. Pero mi tío pudo hacer papeles para Paraguay. Así tuvimos derechos de viajar hacia allá como agricultores. En Francia, un cónsul paraguayo nos aceptó con ese cargo. Fue el primer avión que viajó de Francia a Paraguay porque salían mayormente barcos con gente refugiada que los mandaban a varios países como Chile o Uruguay. A nosotros nos tocó Paraguay.

Ya estábamos bien vestidos porque en Alemania, en el campo de refugiados, trabajábamos. Mi esposo tenía un puesto en el que los americanos le pagaban en dólares. Y además nos regalaban cigarrillos que vendíamos a los alemanes que estaban, también, en una situación terrible. Vendíamos lo que podíamos y nos lo pagaban con marcos alemanes. También trabajé. Me aceptaron en una cocina. Luego, se organizó un teatro para aficionados en Alemania. Algunos actores vinieron de varias ciudades al campo. Les gusté e insistieron que trabaje en el teatro. Así me convertí en actriz. Se hizo un teatro hermoso donde hacíamos obras importantes como Los Miserables, de Víctor Hugo. Sin ser actriz no sé cómo lo hice. Pero me encantó.

Todo eso lo tuvimos que dejar de lado para viajar a buscar a los familiares que nos estaban esperando. En el viaje en avión a Paraguay viajaba también gente religiosa. Justo nos tocó un viernes y querían prender velas en el avión. Casi nos matamos todos. El avión además sufrió un percance porque se le empezó a quemar un ala. Todos teníamos miedo. Después de sobrevivir todo lo que habíamos pasado si nos íbamos abajo con el avión no iba a ser justo. Aterrizó en Asunción y gracias a Dios llegamos vivos a Paraguay.

La búsqueda de una nueva vida en Argentina

Al llegar a Paraguay no sabíamos qué hacer. No teníamos idioma, no teníamos nada. Hasta que mi tío consiguió llegar. Nos dio algunas cosas y se llevó otras a Buenos Aires. Teníamos que hacer todo lo posible para cruzar la frontera. Nos ayudaron los paraguayos. Había muchos judíos allá que se habían refugiado. Juntamos un grupo de gente que quería hacer lo mismo y le pagamos a un señor que cobró su platita para hacernos cruzar ilegalmente la frontera hacia Clorinda. Pero el hombre se mandó a mudar y nos dejó a todos a la intemperie. Con lluvia y al lado del río. Veíamos a lo lejos unas casuchas. Se ve que alguien nos detectó y apareció un policía a caballo con un rifle. Miró a mi madre que, pobrecita, ya no podía estar parada. La levantó y la sentó sobre el caballo. A mí me dio la carabina y nos dijo que lo sigamos. Llegamos a la casa de este hombre. Era gente humilde, una mujer con muchos hijos. Nos sacaron la ropa, nos dieron de comer y llamaron a Formosa para que nos fueran a buscar.

Los camiones nos llevaron hasta la provincia, nos metieron en las cárceles y nos separaron entre hombres y mujeres. La verdad que todo eso ya no era para nosotros sufrimiento después de lo que habíamos pasado en los campos. En las cárceles, los policías se portaron maravillosamente con nosotros. Nos dieron comida y nos atendieron muy bien. Al poco tiempo los judíos que vivían en Formosa hicieron todo lo posible para sacarnos de ahí y llevarnos a casas de particulares. Había un templo en el que se congregaron más de 100 personas que habían cruzado la frontera. El gobierno provincial nos quería mandar de vuelta a Paraguay. Por lo que mi marido empezó a pensar qué podíamos hacer. Como se escuchaba mucho de Eva Perón, que ayudaba a la gente, a él se le ocurrió escribirle una carta.

¿Qué podíamos arriesgar? La mandó en polaco pidiéndole clemencia por sobrevivir a tantas cosas. Le contaba que estábamos en Argentina, que teníamos familiares y que queríamos estar con esa gente que era lo único que nos quedaba. Seguramente hizo traducir la carta y nos respondieron que no nos preocupáramos que nos iban a mandar pasajes para llegar a Buenos Aires. Era verdad. Nos liberaron y nos dieron pasajes. Nos organizamos y finalmente llegamos. Los familiares nos esperaban al llegar. La alegría fue muy grande. El único hermano de mi mamá estaba presente. Imagínense lo que sintió cuando vio a su hermana viva.

Mi tío tenía un taller de tejido así que nos llevaron directamente para Villa Lynch (Gran Buenos Aires, partido de General San Martín). Él era fasonero y hacía trabajos en tela. Mi esposo, que no tenía oficio, empezó a aprender el de anudador que decían que pagaba bien. Así ayudaba a los que trabajaban en los telares. Mi mamá aprendió, mi esposo también y la verdad que yo tenía que estar en casa porque no me daban los ojos porque los tenía muy debilitados. Como la situación mejoraba empezamos a pensar en un hijo. Siempre me decían que después de lo que había pasado era imposible que quedara embarazada. Pero no perdía las esperanzas que algún día lo iba a tener. Mi esposo no se preocupaba porque tenía mucho miedo por mi salud y para mi mamá era una ilusión nada más.

Logramos independizarnos y nos fuimos de la casa de mi tío al departamento de unos italianos. Al piso de arriba. Mi tía me dijo que me iba a ayudar y me llevó a un médico de su confianza. Y él hizo su trabajo. A mi cuerpo sólo le faltaban vitaminas. En el 49 quedé embarazada y en el 50 nació mi hijo Daniel. Tener un hijo fue un sueño cumplido y lo más hermoso fue que a los cinco años nació esta hija (Natalia). El nene ya de chiquito era un alumno excelente aunque en el jardín no hablaba castellano sino idish.

La tragedia, ahora en tercera persona

Mi hijo se recibió de físico. De chico su deseo era ser físico nuclear y dibujaba átomos. No sabía de dónde había sacado esa idea y nosotros no conocíamos el tema. A los 12 años llevó a la escuela un cartelón enorme con todos los movimientos del átomo. El maestro no lo podía creer así que llamó a los profesores de otros cursos y todos observaron una clase que él se animo a dar. Ese era su sueño y él lo consiguió porque se recibió de físico nuclear en el 76.

Uno no sabía mucho lo que pasaba en ese tiempo porque estaba ocupado con seguir adelante y con poder vivir mejor. Darles amor y estudio a los hijos, todo lo que nosotros no tuvimos. En el 77 mi hijo estaba trabajando en la Comisión Atómica. Había ingresado en el 76 aceptado por el gobierno de facto. Yo lo llamo el gobierno asesino. Fue en el 77 que llegó un grupo de gente con una camioneta, me contaron. Era un viernes, el 15 de julio. Mi hijo no vino a casa. Él siempre hacía cosas para el padre. Los bancos y otros favores porque ya tenía su coche. No venía, no venía y nosotros sin saber qué pasaba. Llamamos a la Comisión y nos dijeron que Daniel no estaba ahí. Pensábamos que podía haber tenido un accidente así que llamamos a hospitales y corrimos a las comisarías. Mi hija se había casado en el 76 así que también nos ayudaba mi yerno. Pero no teníamos ninguna respuesta. Y ni sabíamos que el coche había quedado en la comisión. Nos lo avisaron después de un tiempo y un amigo de él nos lo trajo.

Una semana antes de que desaparezca Daniel había desaparecido un compañero suyo de estudio. Entonces ya teníamos una noción de lo que era desaparecer. Sabíamos que la gente desaparecía. Mi esposo le dijo a Daniel que las cosas no andaban bien y que le convenía irse a Uruguay. Que lo íbamos a ayudar de cualquier manera para que saliera y con lo que necesitara. Incluso hubo amigos que había tenido en el secundario que venían a despedirlo porque se iban del país. Pero él decía: “¿Por qué me voy a ir yo? ¿Qué hice para tener que irme? Estoy trabajando y todavía tengo que presentar la tesis”. Así fue que no se quiso ir. Y se lo llevaron a él.

La situación no fue fácil. Lo buscamos en el Ministerio del Interior, presentamos habeas corpus y después mi esposo empezó a escribir cartas para todos lados. Se dio un tiempo y me decía que si su hijo no aparecía la vida ya no tenía mucho valor. Finalmente falleció de cáncer pero fue más de angustia por no poder soportar la espera de su hijo. Hizo traducir las cartas que escribía a todos los idiomas. Recibió respuesta hasta de Videla. Pero los nazis argentinos no querían ayudar. Recibíamos respuesta pero sin ayuda alguna. Cuando se llevaron a Daniel mi madre prácticamente dejó de hablar. Ahí empecé a recorrer, a conocer gente y a ver señoras de las que nos hicimos amigas. Ellas me dijeron que había un grupo de madres que daban vueltas en la Plaza de Mayo. Mi esposo tenía miedo y decía que era peligroso. Pero le respondí que a donde fueran las madres iba a ir yo también.  Me sumé a las marchas y empecé a dar vueltas con ellas.

Madre de Plaza de Mayo

Fuimos a iglesias, pero el único que nos ayudó fue el rabino Marshall Meyer que estaba siempre al lado nuestro. En ese momento también estaba Herman Schiller, que era el representante del diario Nueva Presencia. Este hombre arriesgaba su vida escribiendo artículos pidiendo por nosotros, por los hijos desaparecidos. Había otros diarios que también se arriesgaban. Se mandaban peticiones que firmábamos nosotras, las madres, para preservarlos. Pero no hubo ninguna noticia. Nunca recibimos una llamada de teléfono de nuestros hijos. Jamás tuve alguna noticia.

Mi vida cambió totalmente. No existía más que llegar a la Plaza de Mayo y dar vueltas. Empezamos a usar pañuelos. En las iglesias algunos curas ni nos dejaban entrar y algunos rabinos tampoco.  Lo que no nos ayudó mucho fue la sociedad. La DAIA en ese momento desgraciadamente tenía un presidente que se llamaba Resnisky. Él tenía el hijo desaparecido y tuvo la oportunidad de sacarlo. Esto nos dio mucha bronca porque a nosotras no nos querían recibir, nos decían que no sabían nada de nuestros hijos. Pero ya sabíamos que los desaparecidos existían. Había mucha gente presa que la comunidad judía hizo mucho por ellos y los mandaron a Israel. Pero de nuestros hijos desaparecidos creo que no apareció ninguno.

Dábamos vueltas y gritábamos en la Plaza de Mayo. Un día rodearon la plaza de colectivos para llenarnos. Mis amigas veían que yo me acercaba a donde estaban los policías y se quedaron duras del miedo. Me cruce debajo del brazo de un policía y pasé del otro lado. Mientras que ellos hablaban yo conseguí pasar. No sé cómo salí de ahí, pero empecé a correr y llegué a la calle Callao donde estaba la Comisión de Derechos Humanos. Graciela Fernández Meijide estaba en ese momento. Me recibió y casi me descompongo de correr tantas cuadras. Le dije que hiciera algo porque se estaban llevando a las madres. Se hizo una red de llamadas telefónicas y finalmente se suspendió el operativo en el que se las iban a llevar.

Un amigo de mi hijo fue llevado con la hermana. Desaparecieron los tres el mismo día. La hermana fue liberada porque estaba con las valijas listas para irse a Israel. Al hermano, que estaba junto con Daniel, no lo dejaron salir. Ella nos contó que estuvo desaparecida. Que la tenían los nazis argentinos. La tenían en las cámaras de tortura. Las paredes estaban llenas de cruces esvásticas. Todos ellos, los que tenían a nuestros hijos, a los judíos los trataban de una manera diferente. Aunque fueron llevados de la misma manera al judío le daban muchas más palizas. Más castigo y más tortura. Eso hay que difundirlo porque estamos viviendo en un país en el que todavía hay mucho antisemitismo.

La lucha continúa

Después de un tiempo se separaron las madres. En este momento me encuentro con la organización Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. En organizaciones judías participo de Sherit Hapleitá, un grupo de sobrevivientes que trabajamos juntos hace muchos años.

Mi hija lleva adelante una lucha desde Generaciones de la Shoa que sigue con nosotros trabajando. Nosotros somos gente grande, quedamos muy pocos. Somos muy pocos los que podemos hablar. Vamos a los colegios primarios, secundarios y universidades. Trabajamos también con el Museo del Holocausto y con el grupo judío con los hijos desaparecidos. Es increíble todo lo que estamos haciendo. Estamos luchando contra las desapariciones, contra la matanza de tantos judíos.

El año pasado fui la primera sobreviviente que tuvo la suerte de ser elegida por Marcha por la Vida para viajar a Polonia. Les pedí que mi hija viajara también. Fue inolvidable lo que vivimos. Llegar a los campos de exterminio, llegar a Auschwitz – Birkenau, ver las barracas a donde estuve, había hornos destruidos y nosotros estábamos sobre esos escombros… tenía que hablarle a chicos y a grandes que venían de las escuelas de acá. No fue nada fácil. Me preguntaron qué sentía y si podía hablar. Les dije que tenía que hablar porque estaba viva. Sobrevivir a los nazis no era tan fácil, pero yo los sobreviví. . Sabemos que nuestros hijos no van a volver pero la lucha continúa

Yo opté por la vida. Estoy acá porque vivo. Llegar a ser abuela y ahora a ser bisabuela creo que es un logro demasiado grande. Lo vivo con toda la intensidad y lo disfruto. Esta soy yo”.

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