Señorita, ese nene es barrabrava

Hace ya varios años, José Garriga Zucal, el antropólogo con el que trabajamos desde hace una década y que me enseñó todo lo que sé sobre el aguante, me decía que la pregunta correcta no era por qué hay tanta violencia en el fútbol sino, más bien, por qué no hay más. Entendiendo el fenómeno, comprendiendo sus razones y sus lógicas, anticipando por vía de la inteligencia –no de la inteligencia policial, sino la de las ciencias sociales– los meandros de la violencia futbolística, el fenómeno dejaba de ser algo sorpresivo, inaudito, intolerable, y se revelaba como lo que siempre fue: un rasgo intrínseco y estructural de la cultura futbolística. Y de allí la re-pregunta de Garriga: entendiendo la manera en que el aguante ordena toda una concepción moral del mundo, inmediatamente se comprende que la violencia es la regla, no la excepción. Y que no haya más combates es pura fortuna.

Todo eso lo supimos hace diez años, por el mecanismo sencillo de estudiar el problema. A veces me divierte el asombro de algunos frente a nuestras afirmaciones: sencillamente, nuestra novedad consistió sencillamente en ser más o menos serios y más o menos sistemáticos, y cualquiera podría haberlo hecho, y fue el camino que le recomendamos a todos los que quisieran averiguar de qué se trataba ese misterio llamado violencia en el fútbol. Develamos el misterio –al menos, parcialmente: siempre se puede saber e investigar más, aunque a mí personalmente ya no me interese–; escribimos papers, que se presentan en congresos científicos, y también artículos, que se publican en revistas científicas. Pero también escribimos varios libros, e incluso uno lo pensamos como pura divulgación, con distribución en kioscos. Más aún: en algún momento Javier Castrilli nos llamó para que colaboráramos con él, y nosotros, como buenos giles y optimistas, fuimos pensando que por una vez nos iban a escuchar. Era, claro, mucha ingenuidad. Pero todo lo que averiguamos –y lo que otros y otras siguen averiguando y sabiendo– está disponible, circula por librerías y por la web: no hace falta ser antropólogo o sociólogo para averiguarlo. Alcanza con poca cosa, con leernos. Incluso: si eso fuere mucho trabajo, alcanza con pagarnos un café.

Pero no hay caso: si hay algo llamado “responsables de políticas de seguridad en el deporte”, no se trata de lectores nuestros, precisamente. Y en cuanto a los periodistas, tenemos nuestros fans, por suerte, que machacan cada vez que pueden con que algo interesante hemos dicho. La mayoría, en cambio, nos omite. Prefieren refugiarse en dos verdades absolutas: la primera es la perversión intrínseca de los “violentos” –una categoría que oculta más que lo que revela: no hay sujetos ontológicamente violentos, sino sujetos que usan la violencia en contextos específicos para fines específicos–, los “barrabravas”, sujetos malos de toda maldad, que deberían ser exterminados de la faz de la tierra. Si la primera verdad es discutible, la segunda es una obviedad: los “violentos” tienen relaciones oscuras con las dirigencias deportivas y políticas –también con las policiales, pero eso no suele quedar tan claro. Una muestra es el libro de Gustavo Grabia sobre la 12, una exhaustiva investigación sobre la vida y milagros de los muchachos de Boca, y algunas de sus relaciones non sanctas; pero no hay ni una palabra dedicada a los contextos sociológicos y antropológicos que ordenan y permiten sus acciones, y sin ese marco de interpretación la investigación se queda en la denuncia, pero no puede avanzar en la comprensión –menos aún, consecuentemente, en la solución.

Cada tanto, todo esto se reactualiza con la aparición de los “pibes” de las hinchadas. Que no se privan de nada, seguro que no. Y la cobertura es sistemática y exasperantemente la misma: malos muchachos, con complicidades irresueltas, que deberían ser sancionados. ¿Deportación? ¿Por qué no fusilamiento? Se ha hablado de vergüenza nacional… como si exhibir a Julio Grondona fuera, por el contrario, motivo de orgullo.

Nada se ha dicho, ni se dirá, de tres claves que ordenarían mejor el cuadro: la primera, que los “pibes” están ahí porque son “aguantadores”, y que de allí proviene su poder, un poder moral legítimo dentro de sus comunidades –que no lo sea para mí y para mis amigos no importa: seamos menos etnocéntricos si queremos entender qué pasa. La segunda: que luego ese poder entra en relaciones clandestinas para obtener dinero también clandestino; pero ese dinero no viene de la comunidad, sino de los clubes y de la política –y hasta del tráfico pequeño de algunas sustancias no muy legales, con complicidad policial–, y es mucho dinero. La tercera: que todo forma parte de un sistema aceitadísimo, una trama de relaciones en cuyo vértice está Grondona; pero nadie, ni siquiera Clarín ahora que está enojado con el Jefe, tiene interés en desmontarlo. Digámoslo de esta manera: los fondos para los viajes no vienen de colectas ni de ventas de camisetas. Con ponerle a ese dinero la misma atención que la AFIP le pone a cualquier mortal, tendríamos alguna pista.

No hay violencia sin aguante –un sistema moral de legitimidades que ordena toda la cultura del fútbol– y sin dinero negro. Las barras son una consecuencia lógica de ambos factores. Todo está allí, para quien quiera verlo. La pregunta es si hay alguien que quiera.

(*) Doctor en Sociología, Investigador Principal del CONICET, Profesor FSOC-UBA

1 comentario

  • silvia dice:

    Creo que muy pocos quieren pagar el alto costo político de deshacerse de gente de la que después necesitarán para cubrir actos , y servir de aplaudidores.

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