Sara Rus: la valentía de sobrevivir y animarse a contarlo

Sara Rus, sobreviviente del holocausto, madre de un hijo desaparecido en la dictadura Argentina,  activista por los Derechos Humanos y ejemplo de vida, se presentó el 24 de septiembre en la sede de Capital Federal del Congreso Judío Latinoamericano (CJL) en el marco del programa Nuevas Generaciones. La acompañó su hija, el periodista Guillermo Lipis, que se encuentra realizando un documental sobre su historia y una veintena de espectadores.

Cuando la realidad es tan fuerte, tan cruda, cuando incluso supera la ficción, los periodistas no deben obliterarla tratando de sumarle nuevos matices sino ayudarla a que trascienda lo máximo posible y logre establecerse como una prueba irrefutable de lo acontecido en la historia. La valentía para sobrellevar cualquier obstáculo, la entereza para contarlo, su amor incondicional a la vida esbozado en sus palabras y en su sonrisa permanente hacen del testimonio de Rus una historia digna, por lo menos, de prestarle mucha atención

“Me llamo Sara Rus. Fui única hija de padres muy cariñosos. Nací en el 27, en Polonia, en Lodz, una ciudad importante, fabril, con mucha gente de la colectividad judía. En el año 39 ya se hablaba en mi casa de que existía un Hitler y lo que hacía en Alemania porque teníamos familiares que vivían allí y porque desde mediados del 30 ya venía gente que se escapaba de allá. En el ’39,  cuando tenía 11 casi 12 años, entraron los alemanes a mi casa. Llegaron a Lodz y entraron fácilmente  porque la ciudad se entregó casi sin luchar. Los alemanes iban a cada casa judía y un día entraron a la nuestra. En mi casa todos hablábamos alemán porque teníamos clientes que eran alemanes nacionalizados polacos. Mi padre tenía un taller de costura y ellos se vestían con mi papá. Hacía trajes a medida y para las mujeres tapados de piel. Teníamos una vida muy linda antes de la guerra. Pero cuando llegó la primera visita de los nazis a mi casa vieron un violín arriba de la mesa. Era el instrumento que un  amigo de mi papá había empezado a enseñarme y que mis padres me compraron para que aprenda a tocarlo. Cuando ingresaron, dijeron: ¿“Quién toca acá el violín?”. Mi madre, jactándose y en alemán, les dijo: “Mi nena está aprendiendo a tocarlo”. “Así que a tu nena le gusta el violín”, le contestó y lo reventó de un golpe. Esa fue la primera impresión que tuve de los nazis”, contó.

“Desgraciadamente los judíos que vivíamos en Lodz teníamos prohibido caminar por las veredas. Ya debíamos identificarnos con la estrella de David y el cinturón amarillo. A los hombres y mujeres los empezaban a sacar de las calles, a insultarlos, a pegarles. En el 40 se comenzó a organizar el gueto en la ciudad y hacia ahí tuvimos que mudarnos con mis padres. Se cerró un barrio, como podría ser Villa Crespo acá, se lo rodeó de púas y se sacó a todos los que no eran judíos. Nos metieron a nosotros. Mi madre tuve un bebé en el 40, un varoncito, un nene hermoso. Pero desgraciadamente no teníamos ni para alimentarlo ni tenía leche porque mi madre estaba muy enferma y el nene falleció a los tres meses. En el gueto se organizaron fábricas de costuras, de zapatos.  Cada uno tenía que trabajar y recibía una carta que debía presentar para recibir comida. Yo corría por los lugares donde se servía un poquito de leche para llevarle al nene cuando todavía vivía. Pero me sacaban de las filas y me decían que para mí no había nada. Mi madre estaba muy delicada y casi no podía trabajar. Con mis 13, 14 años ya tenía la responsabilidad de una mayor. Debía trabajar y además presentar trabajo por mi madre para conseguir una carta para conseguir comida. En el 41 otra vez mi mamá quedó embarazada. Al nene lo mataron los alemanes al nacer”, agregó.

“En el gueto sufrimos mucho hambre, mucha denigración. Teníamos un gobierno judío, con un jefe de nombre Jaim Ruscovsky. Antes de la guerra era una personalidad importante, una buena persona que tenía un orfanato para chicos judíos a los que les daba educación. Todo el mundo lo creía una persona excelente. Pero cuando entramos al gueto los alemanes le dieron el mando e hizo todo lo contrario. Había policías judíos y todo un gobierno dentro del gueto. Cada una o dos semanas venían los alemanes a hacer selecciones. Quienes se veían mal enseguida eran separados. Los sacaban, se los llevaban en camiones y ya no sabíamos a dónde iban. Desaparecían. Había mucha gente que se presentaba porque ellos ofrecían trabajo para llevarlos a los campos de trabajo. A algunos campos los conocíamos, otros no. El gueto duró hasta el 44. En el ínterin, ya era una nena crecidita de 14 años. En el gueto también existía el amor. Aunque era chiquita yo estaba enamorada”, describió con brillo en los ojos.

“Los domingos no se trabajaba en el gueto y en la calle mi papá conoció a un joven. Empezó a charlar con él y le gustó mucho. Era un muchacho que  en esa época tenía 26 o 27 años. Lo invitó un día a casa. La verdad que me enamoré de él. Me gustó mucho, lo miraba mucho. Y parecía que él también me miraba. A mi madre no le gustó demasiado, pero mi papá estaba encantado con él. Charlamos todos juntos sobre qué pensábamos hacer si terminaba algún día la guerra. Hablábamos de ir a Israel-Palestina o hacia la Argentina, donde teníamos familiares. El nos decía que conocía el país porque leía mucho, que sabía que la Ciudad de Buenos Aires tenía mucho futuro. En una libretita que tenía me hizo como una clave de música, porque sabía que me gustaba mucho, y me anotó una fecha: 5/5/45. Se le ocurrió que ese día podríamos encontrarnos en Buenos Aires frente al Edificio Kavanagh (el más alto de Sudamérica por aquel entonces). Aunque no tenía ni idea que existía esa cosa, era para mí algo tan valioso que la tenía siempre presente y guardada. Pero llegó el 44 y nos sacaron de las casas para llevarnos en trenes a lugares que desconocíamos. Nos dijeron que agarremos lo que pudiéramos. En mi caso fue una mochila chica donde guardé la libreta y algunas fotos a las que siempre me aferraba. Nos metieron en vagones cerrados como animales y en el medio de toda la gente había un  tacho para hacer las necesidades. No puedo explicar cuánto tiempo viajamos. Llegamos a Auschwitz – Birkenau. Nos sacaron de los vagones casi desmayados y sin poder caminar. Con toda la fuerza que nos quedaba llegamos a los campos y nos hicieron poner en fila. Los alemanes dividían a la gente y ahí desaparece mi papá. Dejamos de verlo porque separaban a los hombres de las mujeres. No lo vimos más. Nosotras quedamos en Birkenau separadas en una plaza enorme. Dejé de ver a mi madre al lado mío, ya no la tenía. La sacaron a la izquierda y quedé con gente desconocida. Después de un rato veo a mi mamá desesperada mirándome desde lejos y pensé: “¿Qué hago acá sola?”. Decidí adelantarme aunque había un nazi con un rebenque separando a la gente. Ahora no puedo creer que lo hice, pero me acerqué al alemán y éste me dijo: ¿“Cómo te atreves a presentarte frente a mí?”. Y le dije en alemán: “Me sacaste a mi mamá”. ¿“Cómo que hablás alemán?, me respondió.  Le contesté que en mi casa todos lo hablábamos. “A ver, ¿cuál es tu madre? Andá a buscarla”.  Esta fue la primera salvada cuando pude pasar a mi mamá a mi lado”, recordó.

“Ahí empezó la lucha otra vez. Estábamos juntas y nos mandaron a las que habíamos quedado a los baños a higienizarnos. Nos teníamos que pasar frente a los alemanes prácticamente desnudas. En ese momento comenzó la revisación de pelo. Yo lo tenía largo y casi que me cubría el cuerpo. Las alemanas me miraron y entre ellas se dijeron: ¿“Quién sabe lo que hay en esta cabeza?”. Me sentaron en una silla y me revisaron el pelo. No encontraron ni un piojo, pero igualmente me ki cortaron. A empujones me llevaron a un lugar lleno de vapor. No veía nada, sólo siluetas peladas totalmente. No reconocía a nadie. Pero al lado mío una persona estaba sentada en el escalón, la miró y le pregunto por mi mamá. Era ella que me estaba esperando. Después nos sacaron de los baños y nos tiraron ropa. A una persona alta le dieron un vestido corto y a mí, uno largo. Nos amenazaban con lo que podía pasar si nos cambiábamos la ropa. Se hacían un show con nosotros. Lo que hemos sufrido son cosas que no puedo contarles. Tanta denigración. Nos mandaron a una barraca sin catre. Otros sí tenían. Tuvimos que permanecer sobre el piso de cemento y estábamos vigiladas por unas mujeres judías que tampoco eran buenas con nosotras.  Estábamos una al lado de la otra para darnos calor. Por cada murmullo que escuchaban nos tiraban un baldazo de agua fría. Eran momentos indescriptibles. Nos pegaban y a las tres de la mañana nos levantaban para contarnos. De repente estaban contando y desaparecían filas. No sabíamos a dónde iban. Dos filas antes de nuestro turno nos mandaron de vuelta. No teníamos ni noción de lo que estaba pasando en el campo de exterminio. Mi madre me dijo: Mirá hija parece que hay un ángel que nos está cuidando. Le respondí que sea lo que sea por suerte estábamos juntas”.

“Estuvimos en esta situación alrededor de dos meses, hasta que llegaron unos alemanes que necesitaban gente de trabajo. De nuestro grupo eligieron a 1000 mujeres del campo entre las que estábamos mi mamá y yo. Otra vez a los vagones. Tampoco sabíamos a dónde íbamos. Llegamos a Alemania en condiciones muy terribles. Sin fuerza, sin poder movernos. Llegamos a una fábrica donde nos hicieron bajar de los vagones y se ocuparon de nosotros de un poquito mejor manera. Nos dieron algo mejor para vestirnos y nos asignaron a un ambiente con catres. Nos mandaron algo de papas en un balde. A mi madre, que ya no podía estar parada, la asignaron a trabajar con una lima. Fue a una fábrica de aviones donde trabajaba gente de diferentes países. Nos tenían totalmente separados, había varios campos en este lugar. A las jóvenes nos dieron lugar para juntar alas. Remachar unas partes de alas con una persona de un lado y yo del otro. A mí me dieron un revolver con aire comprimido y a la otra algo para que yo le pase el remache. Este era el trabajo nuestro a diario. Había ingenieros entre la gente que venía a cuidarnos. Ellos fueron bastante gente, no eran nazis. Trabajaban con nosotros, nos enseñaban qué hacer y cada tanto, en los rieles donde trabajábamos y estaban las partes del avión, nos dejaban a cada una un sandwichito. Dios mío no podíamos creer lo que era ésto. Teníamos que escondernos para que los nazis que nos vigilaban no vieran lo que pasaba porque esos alemanes también arriesgaban su vida al hacerlo. La mayoría de las personas que venían eran mandados de la guerra, lisiados. Sin manos o sin piernas, como las que nos dirigía en la fábrica”, explicó.

“En esta fábrica, desgraciadamente, yo sufrí un accidente cuando realizaba trabajo nocturno. Me caí.  Fue bastante grave. Me llevaron a una enfermería dos enfermeras de nuestra gente. Pero la médica, una mujer rusa la cual supuse que podía ser aliada nuestra, era peor que los alemanes. Era una asesina directamente. No podía subir sola al lugar al que debía revisarme, las enfermeras me querían ayudar y ella no las autorizó. “De ninguna manera, tiene que hacerlo todo sola”, dijo. Sentía un dolor terrible porque se me hizo un coágulo de sangre. La médica dijo que había que operar y que me tenía que cortar. Y así fue: a carne viva me operó. Luego me mando a mi habitación. Cuando llegué tenía que arrastrarme en cuatro patas porque no me dejaron recibir ayuda ni que me lleven. Mi madre no sabía nada de esto. Cuando se enteró, vino de su trabajo y me vio en el catre. Estaba desesperada. En ese momento se presentó el jefe de nuestro campo. “Así que te hiciste, qué bien que te hiciste”, me dijo en alemán. “Te lo hiciste a propósito, ¿no?”. Yo casi me muero de dolor y de impotencia. Pero le contesté: “Así es, me lo hice a propósito. Pero no sabía que iba a perder tanta sangre”. El grupo de gente que me rodeaba en la habitación estaba seguro de que me iba a matar. Le dije: “Si querés matame”. Ellas no podían entenderlo. Me querían matar mis compañeras porque pensaban que por mi culpa las iban a matar a todas. Pero fue justamente lo contrario. Al rato apareció la mujer alemana, que era la segunda de este señor, y me dijo: “Vos sabes que tenés mucha suerte porque nuestro jefe te manda una porción de pan y fiambre para que te recuperes”. Estas cosas que me pasaban a mí no lo podíamos entender. No podía volver a mi trabajo porque ya no podía pararme. Entonces me mandaron a trabajar a la cocina y ahí podía pelar papas y estar sentada. La suerte era que podíamos comer una papa cruda. Para ir al toilette me tenían que llevar unas personas. Un viejito alemán me acompañaba. Me regalaron un tapado para que tuviera porque hacía mucho frío y tenía un forro. Este lo llenaba con papas y cuando iba al baño las llevaba para mis compañeras. Entonces una mandaba a la otra al baño para comer una papa. Es increíble contar ésto pero fue lo que viví. Cada papa era como una inyección de vida. Era poder seguir viviendo gracias a comer una papa cruda. Lavando y con la cascara”, enfatizó.

“En la cocina, además de pelar papas, me mandaban a hacer trabajos antes de alguna fiesta importante. Como la que pasó antes de llegar las pascuas alemanas. Había galpones con mesas y comida preparadas para los alemanes. Me llevaron ahí para limpiar los pisos porque no podía hacer otra cosa. Bajaba la cabeza porque no quería ni mirar porque tenía miedo. Imagínense en qué condiciones estaba que un alemán se me acercó y me preguntó si tenía hambre. Le respondí que no. “Me estás mintiendo”, me dijo. “¿No querés que te dé un pedacito para comerlo acá?”, preguntó. Le dije que no quería comer porque tenía arriba a mi madre que se moría de hambre. “Y si te doy un pedacito para tu madre, ¿lo vas a guardar bien?”, agregó. Le dije que sí. No sé dónde lo metí. Yo comí ahí un pedazo del pan dulce y le llevó otro a mi madre que estaba en el catre. Le pedí que lo escondiera porque el grupo era grande y no podía repartirlo entre todas. Así pasaron horas, días y llegó el momento en que se acercaba el año 45. Ya en el campo nuestro empezaban a volar aviones de los rusos. Ya tenían que sacarnos de la fábrica. Armaron carpas y tuvimos que caminar pasando por adelante de algunas casas. La gente no lo podía creer, nos miraba y nosotras siempre vigiladas por las SS. Pasábamos por algunas colmenas de abejas y yo le decía a mi madre: “¿Viste? Ellas tienen libertad y tienen su casa, y nosotros nada”. Ella me consolaba: “Mirá hija, vas a ver que todavía vamos a tener un pan. Pero un pan con cuchillo”. Porque eso no había existido para nosotros. Las porciones de pan y de comida que nos daban eran muy controladas y ni siquiera se podía compartir con nadie. Todavía teníamos compañeras que cuando íbamos a trabajar nos robaban el pedacito de pan que guardábamos. Esto era lo que pasaba en el campo”, describió.

“Así llegó el momento  que otra vez nos tocó ir a los vagones porque se acercaban los aliados. No sabíamos a dónde íbamos ni teníamos más fuerzas. Los vagones estaban abiertos y llovía torrencialmente. Quedamos completamente mojadas, mientras veíamos cómo los aviones luchaban encima nuestro. Al poco tiempo nos cambian de vagones abiertos a otros cerrados. Otra vez la marcha. En el camino paraban los vagones y los golpeaban. En alemán, nos decían: “Manténganse, estamos cerca de terminar la guerra”. Eran alemanes, no nazis, que pertenecían al ejército alemán. Nosotros no creíamos que podía ser verdad. Bajamos y llegamos a Austria, al campo de concentración Van Houten, otro de los que habían preparado para el exterminio. No podíamos casi caminar. Bajé con mi madre y ella no podía caminar. Yo pensaba que estaba muerta. La empiezo a arrastrar y todo el transporte se alejó de nosotras. Me quedé sola con ella. Entre las alemanas que nos cuidaban, una le dijo a la otra: “Bueno, arreglate con la madre, matala y llevá a la chica”. Le dije: “A mi mamá no la vas a matar. Primero me matás a mí”. De repente apareció un alemán gordo que no era de las SS, que pertenecía al ejército, y preguntó qué estaba pasando. Le contestaron que no tenían  por qué cuidar a una persona que estaba lejos del transporte. “Vayanse que yo me arreglo con esta chica”. Empezamos a hablar y le expliqué que no tenía fuerza de llevar a mi madre, que no sabía si vivía o no. Me contestó que había un arroyo que pasaba por allí cerca. Que fuera, que llenara el jarro que llevaba y que le tirara agua en la cara a mi mamá. Lo hice y abrió los ojos. Ahí la empecé a estirar hasta el campo. Cuando llegamos nos tiraron a unos lugares terribles, donde había muchísima gente ya adentro sobre paja. No sabíamos lo que había adentro, si había gente muerta o viva. Nos estaban repartiendo una bebida, pero mi mamá me pedía que no tomara porque decía que era veneno. Que lo había escuchado de otra persona”.

“Los alemanes nos preguntaron si alguien quería acompañarlos. Dijeron que los americanos estaban en camino y nos iban matar a todos. Nadie se fue con ellos. Tampoco podíamos movernos igualmente. Y así llegó el día: 5/5/45 fuimos liberadas. Esa fecha, que mencioné que estaba anotada en mi libreta, quedó en mi mente. Nos liberaron los americanos cuando estábamos ya casi muertos. No podíamos ni pararnos. Mi madre pesaba 28 kilos y yo 26. Cuando los soldados vieron el cuadro de situación que había en el lugar todos lloraron. No podían creer encontrarse con semejante situación. Más muertos que vivos. Ahí empezó la lucha por salvarnos la vida”, mencionó.

“La verdad que hicieron todo lo posible por salvarnos. Mi madre se recuperó más rápido que yo, que contraje un reuma infeccioso y no me entraba la comida. Así que debieron curarme solamente con suero. Mi madre me ayudaba con dos ollitas que había conseguido de los americanos y con las que me cocinaba para que pudiera reponerme. No fue fácil. Los americanos hicieron lo imposible. Cuando ya estaba repuesta me llamaron por micrófono y dijeron que había una noticia para Azarenka. Así me llamaban mis amigos, todavía me llaman así, porque es polaco y Zarenka quiere decir bambi. Yo era una chica muy movediza y saltarina y me quedó ese apodo. Había llegado una carta a la oficina que la había llevado una chica que volvió de Polonia. Ella se había encontrado con un joven que se había enterado que había una chica sobreviviente de Van Houten, que se llamaba Azarenka. La chica llegó a Austria con una carta para mí. Yo estaba segura de que podía ser mi papá o un familiar, no se me ocurrió pensar en el joven. Pero era el joven que había conocido en el gueto. Allí decía que estaba en Polonia esperando que vuelva y que si algún día nos encontráramos, él pensaba casarse conmigo. La verdad fue increíble”.

“Los americanos hacían campos de recuperación. Nosotras ya estábamos bien, así que me alisté para trabajar. Pero ya queríamos volver lo más pronto posible a Polonia. Así fue que viajé a Lodz. Pero no me pude encontrar con esta persona sino con alguna amiga suya que me dijo que ya no vivía más ahí, que se había ido a otra ciudad y que me estaba esperando. Estábamos en un campo judío porque no teníamos dónde estar ni pasar la noche llegando a Polonia. Había campos polacos y judíos ya organizados para darnos catres o colchones para dormir. Pensaba: “¿Cómo hago para encontrarme con este joven?”. Me enteré que estaba en otra ciudad y viajé a buscarlo.  Era imposible encontrarlo, si bien ya había oficinas judías para ayudar a los sobrevivientes. Pero encontré al hermano, que me dijo que él me esperaba. Era verdad. El encuentro no se puede contar. La emoción que viví. Una jovencita con una boina y un tapadito que me regalaron y él, un joven ya bastante bien constituido que trabajaba en un puesto importante en Polonia bajo la dirección de los rusos en ese momento. Viajamos a Lodz y mi madre estaba contenta que había podido volver y acompañada. Pero teníamos que irnos porque el antisemitismo en Polonia existía. No querían a los judíos en ese país. Teníamos que casarnos primero.  No hubo rabino, no hubo amigos. Un hombre dijo: “Yo soy un rabino y voy a casar a su hija, así se puede ir con el muchacho”. Ese fue el casamiento. Me puso la mano en la cabeza y dijo que ya me podía ir con él, que ya estaba casada. Mi madre debió aceptar el casamiento. Tuvimos que escaparnos de Polonia porque él tenía un puesto muy importante. Los rusos lo admiraban porque era muy inteligente y los polacos lo celaban porque era un judío que ocupaba un puesto tan importante casi a la altura de un gobernador de la ciudad”.

Continuará…

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